
La Bàsura de las grutas de Toirano
«bàsura», bruja en ligur
un poco de miedo
En ligur «bàsura» quiere decir bruja, y la gruta más famosa de Toirano se llama precisamente Gruta de la Bàsura. Se decía que dentro había una bruja: el viento que entraba y salía por las grietas hacía silbidos y suspiros extraños. Pero nadie escribió nunca una verdadera historia de la bruja. Lo que hay dentro es aún más sorprendente: en 1950 unos exploradores encontraron cientos de huellas de pies, manos y rodillas dejadas por personas que vivieron hace unos 14.000 años.
¿Sabías que…? un estudio de 2019 descubrió que entre las huellas hay de niños de unos 3 y 6 años.
La historia
En ligur, la palabra «bàsura» quiere decir bruja. Cuando los habitantes de Toirano, un pueblo entre las colinas y el mar, llamaron así a una cueva, le ponían dentro una pizca de miedo. De las grietas de la roca salía el viento, y el viento hacía extraños suspiros. «Allí vive una bruja», decían.
Nadie ha escrito nunca una historia de aquella bruja. Pero lo que había de verdad al fondo de la cueva era mucho más sorprendente.
En 1950, unos exploradores, curiosos como se es cuando se descubre algo, entraron en un agujero estrecho bajo la montaña. A la entrada había una columna de roca, una estalagmita gruesa, que cerraba el paso. La rompieron. Detrás, se abrió un mundo.
Una galería larga casi novecientos metros, entre estalactitas, columnas, salas enormes y corredores bajísimos. Nadie había puesto el pie allí desde hacía siglos. Más aún, desde hacía mucho más. Lo comprendieron poco después, cuando una estudiosa, Virginia Chiappella, entró para estudiarla: su trabajo salió en 1952. Miró el suelo de barro con atención.
En el barro había unas huellas.
Pies descalzos. Manos. Rodillas. Dedos que habían trazado líneas en la arcilla. Marcas negras de carbón en las paredes. Y al lado, aquí y allá, las patas de un oso y de un perro.
Esas huellas habían sido dejadas, según los análisis modernos, hace unos catorce mil años.
No es fácil imaginar cuán largo es un tiempo así. Hace catorce mil años no había campos de trigo, ni pueblos, ni ciudades. Era la última fase de la era glacial. Europa era un lugar frío, habitado por cazadores y recolectores que vivían de lo que encontraban.
Pero los estudiosos, cuando midieron aquellas huellas una por una, descubrieron algo conmovedor.
Eran cinco. Cinco personas, de edades y alturas distintas, que los investigadores han podido distinguir una por una por la longitud de los pies y por los pasos.
El más pequeño tenía unos tres años y medía ochenta y ocho centímetros, menos de un metro. Caminaba descalzo sobre el barro frío de la cueva. Luego había un niño de unos seis años, de un metro diez. Un muchachito de ocho u once años, de un metro treinta y cinco. Otro más grande, casi adulto, de un metro cuarenta y ocho. Y un adulto, de un metro sesenta y siete.
En suma: una familia, o un pequeño grupo, que entraba en una cueva oscura.
¿Qué hicieron allí dentro?
Lo sabemos porque el barro lo ha recordado todo. Entraron con antorchas, haces de madera de pino que ardían e iluminaban las paredes. Caminaron despacio. En un momento dado, el techo se bajó. En un corredor, la bóveda descendía por debajo de los ochenta centímetros. Demasiado bajo para caminar.
Entonces se pusieron a cuatro patas. Se arrastraron, un poco con manos y rodillas, sobre el barro mojado, sosteniendo la antorcha. Las marcas de las rodillas, de las manos y de los dedos siguen allí. Los científicos dicen que, en los estudios sobre huellas humanas, es la primera vez que se documenta a gente prehistórica arrastrándose en una cueva.
Más adelante llegaron a una sala que hoy se llama Sala de los Misterios. Allí recogieron arcilla mojada y la untaron sobre una estalagmita. ¿Por qué? Nadie lo sabe. Quizá era un rito. Quizá un juego. Quizá algo importante, que nosotros no podemos entender. En el techo, a más de un metro setenta de altura, hay huellas de manos manchadas de carbón, dejadas por alguien que se había levantado, o había sido levantado.
Luego volvieron atrás. A la salida no tomaron el camino bajo de la ida. Eligieron el corredor más alto, más cómodo, con el suelo sólido, donde se camina mejor. Quizá porque habían entendido que con los niños era mejor así.
Si lo piensas, es una historia llena de cosas que reconocemos. El miedo a la oscuridad. La curiosidad. El calor de la llama. Un adulto que aprieta la mano al más pequeño mientras se arrastra por el barro. Un niño de seis años que mira en el techo las manos negras y piensa, quizá: «¿Quién las ha puesto ahí?».
Hoy la cueva se visita, desde 1953, pero el barro es frágil, y un paso de más podría borrar lo que ha resistido catorce mil años. Para protegerlas, los investigadores las han medido con láseres, las han fotografiado al detalle, han hecho de ellas modelos digitales.
¿Y la bruja? Quizá, en el fondo, nunca ha existido. O quizá sí. Quizá, como en todas las cuevas, hay algo que vive dentro, y no es un fantasma: es el tiempo. Quieto, al fondo de un corredor, a la espera de que alguien venga a mirar las huellas de los niños.
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- Música para leer: Cinematic JourneyMúsica épica de cine, sin letra, de Ciro Simone IrmiciSpotifyYouTube Music
