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Atlas de los Mitos 0/300
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Un lago de montaña azul con una gran montaña rocosa que se refleja en el agua y fragmentos de espejo que brillan

lago encantadoAuronzo di Cadore · Véneto

La leyenda del lago de Misurina

la princesa Misurina y el rey Sorapiss

un poco de miedo

El rey Sorapiss tenía una sola hija, Misurina, muy consentida. Un día ella supo que un hada del monte Cristallo tenía un espejo mágico capaz de leer los pensamientos, y lo quiso a toda costa. El hada aceptó dárselo con una condición: el rey debía transformarse en montaña. Por amor a su hija, Sorapiss aceptó. Pero mientras el padre se volvía roca, Misurina, contenta de poder jugar en la nueva montaña, miró hacia abajo, se mareó y cayó desde la cima. El rey-montaña lloró tanto que sus lágrimas formaron dos arroyos que se unieron más abajo: así nació el lago.

¿Sabías que…? el lago lleva el nombre de la princesa, y la gran montaña que tiene al lado, el Sorapiss, el de su padre el rey.

La historia

Hace mucho tiempo, entre las Tofane, el Antelao, las Marmarole y las Tres Cimas de Lavaredo, había un reino. Su rey se llamaba Sorapiss, y de toda su riqueza le importaba una sola cosa: su hija.

La hija se llamaba Misurina. Era la única que le quedaba, porque la madre ya no estaba. Y el rey, viudo, la miraba cada mañana como se mira la luz que entra por una ventana. Por eso le perdonaba todo. Y Misurina tenía muchas cosas que perdonar.

Era graciosa, hay que decirlo. Tenía ojos vivaces y una manera de reír que hacía olvidar todo lo demás. Pero era también caprichosa, traviesa, y acostumbrada a obtener todo lo que pidiera. Cuando no lo obtenía, pataleaba, y los valles parecían temblar.

Un día, cuando tenía ocho años, Misurina oyó hablar de un hada.

Vivía en el Monte Cristallo, y tenía un espejo. No un espejo cualquiera. Quien se miraba en él no veía su propio rostro, sino sus propios pensamientos: todo lo que tenía en la cabeza, incluso lo que no decía a nadie.

«Lo quiero», dijo Misurina.

«No es un espejo para niñas», respondió el rey.

«¡Lo quiero!»

«Misurina...»

«¡Lo quiero, lo quiero, lo quiero!»

Durante días y días Misurina no habló de otra cosa. No comía, no jugaba, no bajaba ni siquiera a mirar el lago de niebla que se alzaba al alba. Se sentaba a los pies del trono y decía solamente: «Lo quiero».

El rey, que no sabía decirle que no, al final cedió. Cogió a la hija de la mano y subió con ella al Monte Cristallo, hasta un jardín donde, entre las rocas, crecían flores que no había en ningún otro lugar.

«Papá, ¿por qué estás tan triste?», preguntó Misurina.

El rey no respondió. Subió más alto, donde el aire se hacía fino, y por el camino se detuvo a mirar sus montes, uno tras otro, como se saluda a unos amigos antes de un viaje largo. El viento traía un perfume de resina y de nieve. Misurina trotaba a su lado, con los ojos siempre fijos delante, en el punto donde aparecería el hada.

El hada los recibió en el linde. No tenía prisa, y no parecía feliz de verlos.

«Sé por qué estáis aquí», dijo. «No te lo daré, pequeña.»

Misurina empezó a llorar, a chillar, a patalear. El rey se puso de rodillas. Rogó, suplicó. Y en un momento dado las lágrimas bajaron también de sus ojos, grandes lágrimas de un hombre que ya no sabe qué hacer.

El hada lo miró largo rato.

«Está bien», dijo al final. «Pero te pido algo a cambio.»

Señaló el jardín a sus espaldas. Las flores, aquel año, se estaban quemando. El sol picaba demasiado fuerte, y sin sombra no resistirían.

«Necesito una montaña que las proteja. Una montaña alta, que lleve su sombra sobre mi jardín. Si quieres el espejo para tu hija, debes convertirte en esa montaña.»

El rey miró a Misurina. Misurina miraba el espejo, ya lejos con el pensamiento.

«Acepto», dijo Sorapiss.

El hada entregó el espejo a la niña. Misurina lo cogió entre las manos y rio de alegría. Y cuando supo del pacto, no sintió miedo, ni un poco. Pensó solo que su padre se convertiría en una montaña, una montaña toda para ella, en la que podría correr y jugar cuanto quisiera.

Mientras se miraba en el espejo, se oyó un ruido profundo, como de un alud lejano. El rey se estaba transformando. Su cuerpo se hinchaba y cambiaba de color, de carne a piedra, de piedra a roca clara. Sus cabellos se convertían en árboles. Las arrugas de su rostro se abrían como grietas.

Misurina trepó por el hombro del gigante, por la espalda, por el flanco, riendo, cada vez más arriba. El viento le revolvía los cabellos. El mundo, desde allá, era pequeño y hermoso.

Luego miró hacia abajo.

Los valles estaban lejísimos. Las paredes bajaban rectas, sin un asidero. Sintió que la cabeza le daba vueltas, que las piernas ya no la sostenían. Alargó una mano para agarrarse a algo, pero no había nada que apretar. El espejo se le escapó de la mano.

Y cayó.

El rey, ya casi todo montaña, lo vio todo. No podía moverse, no podía gritar, no podía tender los brazos para recogerla. Sus ojos, las últimas piezas de él que todavía eran suyas, se quedaron abiertos.

Y de sus ojos empezaron a bajar lágrimas. Muchas lágrimas. Brotaban sin detenerse a lo largo de la roca, hasta formar dos arroyos, y los dos arroyos, abajo en el valle, se unieron en una única extensión de agua, quieta, profunda, inmensa.

Era el lago. Lo llamaron Misurina.

En la caída el espejo se había hecho mil pedazos, entre las rocas. Y los arroyos de lágrimas arrastraron abajo todos aquellos fragmentos, que se dispersaron en el agua. Por eso, dicen, el lago tiene un reflejo tan extraño: azul, verde, a veces casi plateado, según el cielo y la hora. Esta es una de las versiones: en otras Misurina cae por el arrepentimiento, o el lago es un regalo del hada.

Aquella montaña sigue allí. La llaman Sorapiss, como el rey. Y a sus pies el lago, silencioso, refleja el cielo y la roca, y guarda, quizá, lo que una niña habría querido ver en un espejo: los pensamientos de quien la amaba más que a nada en el mundo.

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  • Música para leer: Cinematic JourneyMúsica épica de cine, sin letra, de Ciro Simone IrmiciSpotifyYouTube Music

Fuentes

Ciro Simone Irmici

Quién está detrás

Ciro Simone Irmici

Construyo sitios web, aplicaciones y juegos. El Atlas lo he construido con inteligencia artificial y reviso yo cada ficha y cada fuente. No soy un estudioso de mitología: cuento las leyendas con respeto y digo siempre de dónde vienen. Si conoces una leyenda de tu pueblo, escríbeme.

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